Vivir el duelo, afrontar la muerte desde el confinamiento

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Vivir el duelo, afrontar la muerte por coronavirus

Esperas la llamada, vives pendiente del teléfono, sabes que está muy grave, parece una pesadilla, no puede ser real, quieres confiar… Suena el teléfono, escuchas, cuelgas, lloras, lloras…. ¡No puede ser!, acaban de decir que ha fallecido…

Desgraciadamente muchos familiares están viviendo esta situación de máximo dolor, la muerte de un ser querido. Es una pandemia que ha venido con la guadaña segando vidas. Muchas víctimas, demasiadas, mucho dolor, pena, rabia, incredulidad, tristeza… Si difícil es siempre vivir la muerte, el adiós definitivo a un ser querido, la muerte en época del confinamiento está siendo especialmente cruel. No hay posibilidad de acompañar en los últimos instantes, despedirse, coger de la mano, dar un beso de adiós. Incluso no hay posibilidad de juntar a la familia para velar y enterrar, despedir juntos al ser querido. Más difícil todavía si las familias se sienten solas en su dolor: las víctimas por coronavirus y sus familiares son la cara oculta de la pandemia, debiendo gestionar su desgracia en soledad. Los muertos parecen un daño colateral, porque se está poniendo énfasis en el confinamiento, las consecuencias económicas, los curados… ¿Cuántos familiares están viviendo esta situación tras casi veinte mil fallecidos oficiales, si no son bastantes más? No pueden ser ignorados, merecen saber que nos hacemos una idea del dolor que sienten y lo difícil que está siendo para ellos, que estamos cerca de ellos y queremos compartir y respetar su dolor.

No solo son las víctimas por coronavirus, también se siguen produciendo fallecimientos por otras enfermedades. La realidad es muy similar: son personas que se enfrentan a la muerte solas, sin que nadie les pueda despedir o acompañar en el adiós definitivo, sin poderles velar y organizar un entierro con familiares y amigos.

Como psicólogo pienso que mi ayuda a los familiares de las víctimas está en sugerirles cómo vivir el duelo, ofrecerles algunas reflexiones en las que apoyarse para gestionar este proceso de despedida.

Dar rienda suelta a las emociones

Lo primera recomendación es ventilar las emociones tal cual se sienten, expresar o dar rienda suelta al dolor, tristeza, pena, rabia… Hay que llorar y expresar lo que uno siente, no debe guardarse, no hay porqué disimular, tampoco hay que hacerlo en silencio o en soledad. Lo más inmediato es llorar, cansarse de llorar. Cada persona es diferente a nivel emocional. Hay personas más emotivas que otras, que lloran con más o menos facilidad. A los hombres nos han enseñado a aparentar fortaleza, a no llorar. ¡Es absurdo! La muerte origina una tormenta emocional en la que confluyen muchas emociones a la vez: dolor, pena, rabia, tristeza, nostalgia, incredulidad, negación…

Expresar y compartir las emociones

En un primer momento puede resultar difícil expresar, poner en palabras las propias emociones, hablar de cómo uno se siente. Conforme se van ventilando las emociones de una manera natural y espontánea, resulta más fácil hablar de lo sucedido, hablar de las propias emociones y sentimientos y compartirlo con aquellas personas más próximas. Hay que dar el paso y hacerlo, conviene hablar de lo sucedido, compartir emociones y sentimientos.

Entender y aceptar la muerte

Hay que dejar que el caudal emocional fluya. A medida manan las emociones, se hace es necesario hacer frente a lo sucedido y aceptarlo. ¡Se ha muerto! Cada uno lo hace desde sus propias creencias, “Dios se lo ha llevado”, “ya está en el cielo”, o desde una explicación más racional “la enfermedad pudo con él o con ella”. Pero hay que hacer frete a la muerte y aceptarla.

Es necesario entender la muerte como un suceso más en nuestro ciclo vital. Nacemos y morimos, debemos entender que la muerte va asociada a la vida. Se muere porque se ha llegado al final del ciclo vital, por enfermedad o por accidente. Es necesario entender y aceptar la muerte con naturalidad, aunque produzca mucho dolor.

Es muy fácil caer en una actitud negacionista, no querer aceptar o negar lo sucedido: “no es posible”, “no puede ser”, “no me lo acabo de creer”.

Tratar de entender las circunstancias

La muerte en época de confinamiento es especialmente dolorosa porque no se ha podido acompañar a la víctima en el momento del fallecimiento, “murió sin compañía”, “¿cómo se debió sentir?”, “¿se dio cuenta, era consciente?”, “quisiera haberle hablado, haberle dicho…”.

Las circunstancias de la pandemia han hecho que los hospitales y el personal sanitario llegasen al colapso. La gran carga viral en los hospitales, el estrés de los sanitarios, la falta de manos y medios han hecho imposible acompañar a la víctima en el momento del adiós definitivo. Han sido unas circunstancias especiales, diferentes, que hay que considerar, aceptar y entender. Fue así y no pudo ser de otra forma.

Ausencia física, permanencia emocional

Lo cierto es que la muerte supone la ausencia física definitiva. Se ha muerto, se ha ido para siempre, nunca más va a estar con nosotros. La ausencia física no tiene porqué suponer ausencia emocional. Siempre estará presente en el recuerdo. Cómo y cuánto permanezca en el recuerdo depende de los familiares. Se ha ido para siempre, pero siempre perdurará en el recuerdo.

Cuidarse, entender el “duelo” como un proceso

El dolor durará un tiempo que se conoce como “duelo”. El duelo es, por tanto, un proceso por el que hay que pasar tras la muerte de un ser querido. La duración del “duelo” dependerá mucho de cómo se viva dicho proceso. No puede ser breve, pero tampoco debe ser un proceso de duelo que no concluya nunca, para siempre. Si fuese así, es porque no se ha sabido gestionar lo sucedido y posiblemente se haya caído en una actitud negacionista permanente, en resistirse a aceptar la realidad de la muerte.

Sugiero que hay que cuidarse durante el proceso de “duelo”. La muerte ya genera suficiente dolor, pena, tristeza, nostalgia, como para que uno mismo añada mayor malestar o se lo haga más difícil todavía.

¿Cómo una persona puede cuidarse o ayudarse durante el duelo?

  • Entendiendo el malestar como inherente a la situación, toca “sentirse mal”. ¿hay ganas de llorar?, hay que llorar.
  • No haciéndose preguntas para las que no hay respuestas, “¿sufrió?”, “¿le dejaron morir?”.
  • No volviendo atrás y suponer situaciones que no se han dado, es decir, no hacer conjeturas con “y si…”: “y si hubiera ido antes al hospital”, “y si le hubieran atendido antes en la UCI”, “y si hubiera ido acompañado a urgencias en vez de dejar que fuese solo”. Supone un volver atrás sin sentido. Nada demuestra que lo contrario hubiera tenido otro desenlace.
  • No generando sentimientos de culpa, sentirse responsable. No se pudo hacer de otra manera, no hay nada de lo que arrepentirse.
  • No ensimismándose en lo sucedido, en los recuerdos, la pena, la mala suerte, la fatalidad…
  • No recreándose en los recuerdos cuando aún se está demasiado sensible y no se está preparado o recuperado a nivel emocional.
  • Intentando distraerse en acciones cotidianas, como conversar con el resto de la familia de otras cuestiones, ver la televisión, leer…

Crear un desafío, saber administrar el “legado” emocional

La ausencia definitiva de una persona muy querida puede ser motivo para plantearse desafíos “valiosos”, que den sentido al futuro. ¿Qué tipo de desafíos se pueden establecer? Me estoy refiriendo a objetivos de tipo emocional.

Un buen reto puede ser el saber administrar el legado emocional que la persona fallecida ha dejado. No me refiero a la “herencia” material, sino al “legado emocional” en forma de aprendizajes que trasmitió, valores que enseñó, el ejemplo dado con su comportamiento, los muchos y buenos momentos compartidos.

Después de ventilar y expresar el caudal emocional, puede plantearse qué hacer con el recuerdo del ser querido. Cabe una disyuntiva, ¿llorar, lamentar y recrearse en la pérdida? o ¿comprender el dolor, saber gestionarlo y tratar de superarlo para volver a recuperar la paz y disfrutar de los recuerdos? Sugiero una toma de postura activa, una decisión, no dejarse llevar. Entonces, encontrar paz y disfrutar del recuerdo puede ser un objetivo que dé sentido al proceso de duelo y ayude a superarlo.

Preparar una despedida formal con los seres queridos

La pandemia pasará, el confinamiento concluirá. No sabemos cuándo, pero esta situación pasará. Tras unos primeros días convulsos a nivel emocional, se puede ir pensando y planificando cómo hacer una despedida por parte de familiares y amigos para honrar, juntos, su memoria. Pensar en hacerlo, cómo le hubiera gustado, cómo lo hubiera querido.

¿Hacer algo más?, ¿reclamar posibles responsabilidades?

Dadas las circunstancias tan particulares de la muerte en esta etapa del coronavirus, los familiares de las víctimas deben pensar qué hacer respecto a lo sucedido, a cómo se ha dado el fallecimiento. Deben hacer aquello que estimen les pueda ayudar a recuperar la paz interior. Me refiero a pedir o no responsabilidades por el fallecimiento. Lo digo desde una actitud de ayuda, nunca de generar polémica. Deben hacer aquello que más les ayude, reconforte o consuele. Habrá familias que prefieran cerrar cuanto antes la herida abierta, mientras que otras puedan sentir que por la dignidad de la víctima han de pedir explicaciones, incluso exigir responsabilidades. La decisión corresponde a cada familia, desde la actitud de cómo se van a ayudar mejor a superar este suceso.

Encontrarse acompañados en el duelo

Superar el duelo resulta más sencillo cuando los familiares se sienten acompañados. Para los familiares de los fallecidos por coronavirus sería muy necesario que nuestra sociedad, tanto gobernantes, políticos, como medios de comunicación, se solidarizasen con su dolor y rindiesen algún tipo de homenaje a sus seres queridos.

Los que hablan de guerra contra el virus deberían recordar que en cualquier guerra siempre se homenajea a las víctimas, al “soldado desconocido”. No supondría aceptación de errores, que también, sobre todo sería un ejercicio de empatía, sensibilidad, respeto, compasión, acompañamiento, proximidad, solidaridad… Desgraciadamente las víctimas están solas con su dolor, se sienten ignoradas en su drama personal o familiar. ¡Muy cruel!


José Carrascosa

José Carrascosa

Pionero de la psicología del deporte en España, ha trabajado durante más de 25 años con deportistas, entrenadores y equipos profesionales de primer nivel, ha colaborado en logros deportivos de sus clientes (ascensos, títulos nacionales y europeos, marcas europeas y mundiales, medallas olímpicas). Ha ayudado a que haya cambiado la percepción sobre las emociones y el alto rendimiento, desde “echarle güevos” a “competir”, desde el desconocimiento a la toma de conciencia del papel de las emociones sobre el rendimiento y el bienestar. Se considera un “artesano” de la educación y desarrollo emocional

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