Secuelas emocionales del confinamiento

José Carrascosa
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Secuelas emocionales del confinamiento

Las emociones fluyen afortunadamente más allá de nuestra voluntad. Nos emocionamos, sentimos alegría, reímos, estamos tristes, nos enfadamos, nos asustamos, tenemos miedo… La respuesta más inmediata ante cualquier situación es la emoción que despierta en nosotros de forma inherente o asociada.

Somos seres emocionales

Cualquier situación activa emociones que pueden agruparse en tres tipos:

1) atracción, agrado, aceptación, placer

2) amenaza, riesgo, rechazo, dolor

3) indiferencia, neutralidad emocional

Lo primero que se mueve es la emoción. Es el sistema límbico quien nos alerta liberando emociones. Es nuestra parte del cerebro más primitiva en la que se ha registrado la historia de nuestra especie humana, es quien discrimina de manera inmediata riesgo, atracción, placer, dolor… Se interpreta la situación en términos de riesgo-amenaza o atracción-placer. Solo después entra en acción la corteza cerebral, la parte del cerebro más evolucionada, la parte racional que activa pensamientos concordantes con la emoción surgida y razona sobre la situación percibida.

El confinamiento está siendo fundamentalmente una etapa emocional. Temor, miedo, incertidumbre, ansiedad, enfado, aburrimiento, tristeza… son emociones bastante presentes mientras estamos en casa, sin poder salir. Es un carrusel de emociones caracterizado por una mayor sensibilidad e inestabilidad emocional, con buenos y malos momentos demasiado entremezclados.

El poder contagioso de las emociones

Las emociones también fluyen hacia el exterior, las emociones son contagiosas. Las emociones surgen asociadas a momentos, situaciones, personas, detalles… de forma que después detalles similares, situaciones parecidas, mismas personas, momentos… activarán esas emociones vividas anteriormente.

Las emociones dejan una especie de huella o recuerdo emocional que fácilmente se reactiva liberando emociones vividas anteriormente. Un lugar, una persona, un perfume, una melodía, un detalle, una comida… es suficiente para mover emociones. Las emociones se contagian o extienden, por tanto, a situaciones diferentes pero que comparten algún matiz o detalle.

Además, las personas proyectamos nuestros estados emocionales y los trasladamos sin querer a otras personas, a aquellas con las que el vínculo emocional es más estrecho. Una persona asustada transmite y contagia su temor, la alegría resulta contagiosa, risas multiplican risas, tristeza crea ambientes sobrios y tristes…

Las emociones se aprenden

Hay personas más emotivas que otras. Me gusta decir más emocionales, porque emotivas puede llegar a tener una connotación no demasiado positiva en esta sociedad que asocia emotividad con debilidad. La emotividad tiene que ver con el patrón de personalidad y también con el aprendizaje emocional a partir de los modelos más tempranos (padre o madre).

Madres y padres son modelos muy potentes en el aprendizaje emocional de sus hijos. Cómo sienten ante determinadas situaciones es imitado de forma no consciente, transmiten los miedos a los hijos mediante actitudes y comentarios de forma involuntaria. Los padres enseñan sin querer a nivel emocional y los hijos aprenden sin ser conscientes de ello.

Las emociones también se aprenden por asociación (condicionamiento). Emociones quedan asociadas a momentos, detalles, comentarios, imágenes, ruidos… Dejan huella o recuerdo emocional. El aprendizaje emocional es muy resistente. Resulta más fácil reconducir formas de pensar que respuestas emocionales.

Secuelas emocionales del confinamiento

El confinamiento es una etapa de un gran caudal emocional tanto a nivel individual como social. Emociones vividas en esta etapa van a dejar huella en muchas personas que vivirán emociones similares en diferentes situaciones una vez concluido el confinamiento. Están más expuestas aquellas personas que son más emotivas, impresionables o sensibles.

El confinamiento es un momento traumático para todos, mayor para aquellas personas que han vivido de cerca la enfermedad, bien porque se contagiaron y estuvieron enfermas, bien porque son familiares de víctimas, fallecidos por coronavirus, bien porque es personal que ha trabajado en la zona cero de la pandemia. Para el resto de la sociedad también está siendo una etapa traumática, aunque en menor grado, ya que los seres humanos no estamos preparados para estar encerrados, sin relación con familiares y amigos, escondiéndonos de un virus que sigue muy vivo, aunque contagie menos gracias a las medidas adoptadas.

Tras una situación traumática es normal que surja un trastorno emocional, que se conoce como Trastorno por Estrés Postraumático o TEPT. Es la huella emocional que deja una experiencia dolorosa. Enfermos, familiares de las víctimas, personal sanitario, personal de las fuerzas de seguridad del estado… son muchas las personas que han estado expuestas a experiencias traumáticas. También los que han permanecido en casa han podido sentir momentos de angustia, tristeza, miedo, ansiedad…

Voy a poner un ejemplo de estrés postraumático. Muchas personas que trabajaron en la zona cero del 11 de septiembre, tras los atentados a las Torres Gemelas, sufrieron secuelas de tipo emocional tras una experiencia tan traumática, en forma de imágenes o recuerdos recurrentes que no lograban borrar de su cabeza. También sufrieron angustia, miedos, ataques de pánico asociados no solo a los recuerdos, sino a elementos con los que convivieron en una situación tan difícil, como polvo, oscuridad, gritos, sonidos del derrumbe, dolor… Quedó una huella con la que debieron convivir después, llegando a necesitar la ayuda de profesionales. ¿Hasta qué punto las emociones vividas en esta pandemia no se van a proyectar más allá del confinamiento?

¿Qué síntomas a nivel emocional pueden aparecer en un futuro?

Las emociones fluyen, se presentan sin avisar, sin pensar, de repente se precipitan en forma de imágenes o recuerdos, sensaciones físicas, estados de ánimo…

  • Recuerdos intrusivos. Imágenes o recuerdos angustiantes que se presentan de forma recurrente recordando lo vivido.
  • Alteraciones del sueño. Un sueño irregular, alterado, con pesadillas…
  • Angustia emocional. Agitación, ansiedad, tensión muscular, aceleración de la respiración, aumento de la tasa cardiaca, sensación de temor, vivir un poco asustado…
  • Cambios negativos en el pensamiento. Pesimismo, desesperanza, ideas obsesivas relacionadas con el temor a contagiarse, rechazo del contacto personal…
  • Inestabilidad emocional. Cambios frecuentes en el estado de ánimo sin causa aparente, mayor emotividad de lo habitual, tristeza, desánimo, irritabilidad, irascibilidad…
  • Desinterés, apatía. Pérdida de interés hacia actividades que antes resultaban motivantes o atractivas.
  • Sentimientos de culpa. Ideas recurrentes en forma de autoreproches relacionados con lo sucedido.
  • Temores y miedos. Miedo a contagiarse a volver a contagiarse, a que se contagien los más allegados…

La intensidad y la frecuencia con la que se presenten estos síntomas determinarán la importancia del estrés postraumático. Si los síntomas aparecen de forma suave o de vez en cuando, probablemente irán desapareciendo con el tiempo si se mantiene un estilo de vida saludable. Si la intensidad de los síntomas es elevada hasta el punto de llegar a sentirse realmente mal, debería consultarse con un profesional de la psicología. Lo mismo que si los síntomas son permanentes y uno no consigue liberarse de ellos.

¿Quiénes son más susceptibles de sufrir secuelas emocionales?

En este punto quiero identificar a aquellos colectivos sociales que, en mi opinión, están más expuestos a sufrir secuelas emocionales relacionadas con la experiencia vivida en torno al Covd-19. Lo voy a hacer guardando un orden, atendiendo a la mayor o menor probabilidad de sufrir estas secuelas emocionales.

  1. Personal Sanitario

(Médicos, enfermeras, auxiliares, celadores… de hospitales, residencias de mayores, centros de salud, emergencias). Solo estas personas saben las situaciones tan críticas que han tenido que vivir en su trabajo diario. Han estado asistiendo a personas enfermas, muy enfermas y fallecidas, en todo el proceso de la enfermedad. Detrás de cada enfermo hay una persona que ha compartido con ellas sus dudas, miedos, tristeza… incluso su despedida. Se ha producido en un clima de máximo estrés, jornadas de trabajo interminables, debiendo tomar decisiones vitales, sin margen de error, con recursos muy limitados y desprotegidos… Además de convivir con el drama de la enfermedad y la muerte, han tenido que gestionar su propio miedo a contagiarse y contagiar a sus familias. El personal sanitario ha vivido un no parar, gestionando situaciones al límite y con una enorme carga emociona dentro y fuera del trabajo.
¿Quién cuida de los que nos cuidan?
El personal sanitario es un colectivo al que no basta con agradecerles su trabajo con aplausos al finalizar la tarde y llamarles “héroes”. Merecen mucho más: medios para trabajar sin riesgo, mejorar sus condiciones laborales, agradecerles económicamente su dedicación extraordinaria… Pero todo ello sería insuficiente. Hay que poner a su disposición un servicio de apoyo psicológico para recuperarles emocionalmente y lograr que la situación vivida no deje en ellos una herida abierta a nivel emocional.
  1. Infancia, niños/as.

En edades tempranas la labilidad y vulnerabilidad emocional es mayor que en edades adultas. Nadie estaba preparado para vivir una etapa tan larga de confinamiento, nadie lo tenía previsto, menos aún los niños/as. ¿Qué explicaciones han recibido de sus padres para entender que debían permanecer en casa sin salir?, ¿había que protegerse de alguien muy malo llamado coronavirus?, ¿por qué ahora se ha de salir si el virus aún no se ha ido? El pensamiento infantil es muy lineal. Los niños han de entender que el riesgo ahora es menor, pero aún existe riesgo de contagio.
El patrón de personalidad hace más vulnerables a unos niños que a otros. Niños introvertidos, reflexivos, poco expresivos, emotivos… son más vulnerables porque se ensimisman, crean su propio mundo e interpretan lo que está sucediendo a su modo. Si los padres perciben en su hijo/a cambios en el estado de ánimo o en su comportamiento habitual deberían consultar con un profesional. Pueden ver al niño/a más triste, más ensimismado, más impresionable, temeroso, con alguna pregunta que muestre preocupación. No se puede pasar por alto y no darle importancia porque, a lo mejor, la tiene.
  1. Personas mayores, tercera edad.

Son el colectivo más vulnerable ante la pandemia. Su salud está más expuesta ante los efectos de la enfermedad, una vez se ha producido el contagio. La vida ha ido haciendo a los mayores más resilientes, pacientes, conformados… Quizás no vivan el confinamiento con tanta angustia, pero es fácil que puedan verse atrapados por estados de tristeza, desesperanza, miedo…  Además, están siendo muchos días sin salir, es decir, sin actividad motora, sin andar, pasear, ir a la compra… ¿Cómo van a estar nuestros mayores a nivel motor cuando termine el confinamiento? La escasa movilidad es muy negativa a esas edades.
  1. Personas con historia en trastornos emocionales.

Aquellas personas que venían conviviendo con trastornos del estado de ánimo, trastornos de ansiedad, fobias, trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos de personalidad… están más expuestas ante la gestión emocional de una situación muy difícil para cualquiera. Son personas más sensibles, más inseguras, con menos competencias emocionales.
  1. Personas y familias en situación socioeconómica precaria.

La crisis económica y social que se avecina tras la pandemia va a ser grande. Muchas personas, familias, se van a encontrar con una situación radicalmente distinta a la de antes, nueva para muchos. Será una situación de precariedad, incluso de necesidad, que se ha precipitado sin avisar. También será difícil a nivel emocional: estrés, frustración, angustia, desesperanza… Habrá que ayudar no solo a nivel laboral y económico, sino también prestando un necesario soporte emocional.

Sugerencias para afrontar posibles secuelas emocionales ante el coronavirus

Cualquier persona está expuesta a sentirse mal más allá del confinamiento, a seguir encontrándose mal conforme se vaya recuperando la llamada “nueva normalidad”. Nadie puede decir «a mí no me va a pasar, no voy a encontrar ningún problema en superar esto y volver a ser el de antes».

  • Entender y convivir con imágenes, recuerdos, emociones y reacciones, comportamientos que pueden resultar un poco sorprendentes una vez pasada la etapa más crítica. Es normal estar y sentirse diferente, con menos equilibrio emocional, con algún temor, alguna manía, un sueño irregular…
  • Observar la intensidad y la frecuencia de esos síntomas. Si aparecen de vez en cuando y no generan gran malestar, irán desapareciendo poco a poco. No hay por qué preocuparse, sino convivir con ello sin darle más importancia.
  • Hablar de lo que a uno le sucede. Es bueno compartirlo con alguna persona de mayor confianza. Exteriorizar y expresar ayuda a resolver el malestar.
  • Deberá consultar a un profesional si se da alguno o varios de estos tres criterios: 1) la sintomatología aparece con mucha frecuencia, casi de forma recurrente; 2) la sintomatología aparece con mucha intensidad, se llega a pasar realmente mal; y 3) la vida diaria se va viendo mediatizada o afectada por la sintomatología asociada al estrés postraumático.

La mayoría irá viendo cómo la huella emocional generada por la pandemia se va diluyendo, la herida poco a poco irá cicatrizando, se volverá a recuperar el bienestar. Pero a algunas personas les resultará más difícil y necesitarán ayuda para lograrlo. Espero que la pandemia sirva para normalizar los servicios de atención psicológica, que la psicología deje de ser el derecho de unos pocos y se generalice en el ámbito de la sanidad pública.

José Carrascosa

José Carrascosa

Pionero de la psicología del deporte en España, ha trabajado durante más de 25 años con deportistas, entrenadores y equipos profesionales de primer nivel, ha colaborado en logros deportivos de sus clientes (ascensos, títulos nacionales y europeos, marcas europeas y mundiales, medallas olímpicas). Ha ayudado a que haya cambiado la percepción sobre las emociones y el alto rendimiento, desde “echarle güevos” a “competir”, desde el desconocimiento a la toma de conciencia del papel de las emociones sobre el rendimiento y el bienestar. Se considera un “artesano” de la educación y desarrollo emocional

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