CONFLICTOS I. Actitud Positiva ante los Problemas

José Carrascosa
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Solucion-de-problemas

Nadie quiere que surjan problemas, pero te asaltan sin avisar, de repente se presentan, y en ocasiones parecen ponerse de acuerdo para llegar todos juntos. Nadie elige tener problemas, pero sí podemos decidir qué hacer con ellos. Muchas personas aspiran a vivir sin problemas, no quieren tener problemas, huyen de los problemas. ¿Es realista o viable esta expectativa? ¿Se puede vivir en un mundo sin problemas, huyendo de los problemas? La realidad es que el problema o conflicto vive a la vuelta de la esquina, puede surgir en cualquier momento, cuando menos te los esperas y en cualquier ámbito de nuestra vida. ¿Estamos preparados para una vida con problemas?

Actitud eficaz, práctica o positiva

¿Puede haber un método para afrontar y resolver cualquier problema?, ¿se imaginan una herramienta ágil y flexible que permitiera abordar y afrontar cualquier problema, cualquier situación de conflicto?, ¿se puede aprender a gestionar y resolver conflictos?

En los dos próximos artículos, en éste y el siguiente, se ofrecerá una metodología concreta, muy práctica, para gestionar problemas o conflictos. En este artículo se identificará una actitud eficaz, práctica, positiva que predispone a la buena gestión, a ser eficaz, y reduce la cantidad de problemas. Es una actitud que ayuda entender, convivir, afrontar y resolver los problemas. Cualquier situación deja de ser un problema, es sólo aquello que realmente lo es.

Una actitud eficaz, práctica y positiva ante los problemas pasa por ser realista y estar enfocado en las soluciones, no hacerlo más difícil ni añadir mayor malestar al necesario. Se exponen a continuación diferentes formas de pensar que ayudan a construir una actitud positiva o ser prácticos ante problemas o conflictos.

1. “Respiramos problemas”, aceptar la existencia de los problemas.

Ningún ámbito de nuestra vida está exento de que surjan en él problemas. ¿Quién no ha encontrado problemas con su jefe, con un compañero de trabajo, con un amigo, con su pareja, con sus hijos, con un vendedor, con el médico…? Trabajar es encontrar problemas, ir al colegio, conducir, tener relación de pareja, ser padre o madre, tener amigos… conlleva la posibilidad de que surjan problemas. Lógicamente muchas situaciones nos aportan muchísimo a nivel afectivo, económico, de bienestar emocional…, aunque conlleven algún que otro conflicto o problema.

Si las personas fuéramos seres asociales, viviésemos solos, sin relación con nadie, seguro que encontraríamos problemas en forma de dudas, temores, inseguridad, dolor… Sabiendo que somos seres sociales, que vivimos en interacción con otras personas, es lógico que surja la discrepancia, el malentendido, la rivalidad o competencia, el enfado, la envidia, el rechazo…, es muy fácil que surja el conflicto.

Por tanto, debemos entender que vivimos y convivimos con problemas. Una canción del grupo mejicano Maná dice “cómo quisiera vivir sin aire, cómo quisiera vivir sin agua…, pero no puedo” Lógicamente, es una expectativa imposible de cumplirse. Los problemas son como el aire, como el agua, como el oxígeno. No podemos vivir sin ellos, convivimos con ellos, están ahí, incluso necesitamos de los problemas para vivir, crecer, evolucionar y desarrollarnos como personas. Debemos entender que surjan problemas, es normal, están ahí. Se trata de saber navegar en el mar de los conflictos. Este realismo nos ayudará a aceptar y tolerar contratiempos, imprevistos, cambios, conflictos y problemas, a reaccionar con tranquilidad y trabajar con inteligencia en la búsqueda de soluciones, sin verse desbordados por temores, ansiedad, enfado…

2. “Ganar” al problema.

Afrontar el problema desde una mentalidad “ganadora” supone aceptar la competencia con el problema, querer ganarle, utilizarle como un estímulo, querer superar la situación para no verse superado por ella. Consiste en ir al problema con la intención de hacerle frente, encontrar buenas soluciones, reconducir y superar la situación de forma que uno salga reforzada la autoestima.

Ganar al problema no consiste en ganar como sea, ganar a la persona que lo ha generado, humillarla, herirle en su amor propio, hundirle en la derrota. ¡Nada de eso! Ganar al problema supone gestionar una situación de forma eficaz, implicando a las personas que se ven afectadas por el conflicto para generar soluciones válidas para todos. Ganar al problema supone encontrar buenas soluciones, resolver y no complicar más la situación.

3. “La situación ha movido ficha”, mentalidad de “jugador de ajedrez”.

La situación ha movido ficha, toca mover ficha. ¿Qué movimiento conviene hacer? Hay que hacer un movimiento que mejore la situación, un movimiento estratégico, eficaz. Mentalidad de “jugador de ajedrez” apela a una actitud inteligente. Un jugador de ajedrez nunca tiraría las fichas producto de la contrariedad o el enfado, tampoco tumbaría al rey habiendo juego porque es aceptar la derrota… El jugador de ajedrez estudia la situación y trata de hacer el mejor movimiento para reconducir la situación y acercarse a ganar. Hacer el mejor movimiento desde una actitud inteligente para reconducir la situación de conflicto y ganar al problema. La inteligencia está reñida con dar rienda suelta a las emociones negativas y hacer más difícil aún la situación de conflicto.

4. “El problema como oportunidad”, transformar los problemas en retos o desafíos.

Cuando surge el problema rápidamente dirigimos la atención a los aspectos negativos o inconvenientes que se precipitan con el problema. Lo fácil es focalizar la atención sólo en lo malo, en lo desagradable, en el costo que conlleva el problema. Es una visión sesgada que olvida una parte interesante del mismo.

Un problema supone una situación de crisis, cambio, ruptura, disfunción, desequilibrio. La palabra “crisis” tiene una percepción negativa, pero no debe ser así. Un problema siempre abre nuevas oportunidades, nuevas vías de acción, alternativas… Entre las oportunidades que abre cualquier situación de conflicto está estimular las propias competencias, ejercitarlas, entrenarlas, desarrollarlas. Los problemas estimulan el aprendizaje y el desarrollo, otorgan experiencia, llevan a revisar y ajustar los propios criterios, ofrecen una percepción más amplia, refuerzan el sentido relativo de las situaciones, renuevan el sentido de las relaciones personales, afectivas y de amistad… Un problema no tiene porqué ser el final de una etapa, menos aún el fin del mundo. Un problema puede ser el inicio de una etapa diferente y por qué no mejor.

Cuando surge el problema debemos preguntarnos qué oportunidades nuevas nos abre, independientemente del malestar o desequilibrio que nos pueda generar, qué nos ofrece, qué nos puede dar. Cuando contemplamos esta dimensión del problema encontramos la energía necesaria para tolerar el malestar inherente y trabajar en la gestión eficaz de la situación generada, aprendemos a tolerar y gestionar el malestar para poder alcanzar mayores satisfacciones.

Hay que ser inteligente con los inconvenientes, entenderlos y prestarles una atención económica, es decir entenderlos como lógicos en la situación generada pero no focalizar la atención sobre ellos y rumiarlos una y otra vez. Se entienden y aceptan los inconvenientes, aún con el consabido malestar, pero se vuelca la atención en las oportunidades que abre el problema, en lo que nos ofrece.

Desgraciado aquél que no encuentra problemas porque la vida fácil le convertirá en un perfecto inútil.

5. “Ver el problema desde fuera”, distanciarse para tener una perspectiva más realista.

Lo más frecuente es vivir el problema desde dentro, sintiendo que surge contra uno. Entonces se personaliza el problema y se vive el conflicto como sujeto pasivo. Parece que el problema surge contra uno y se sufre como propio. “No es justo, no me lo merezco, no me puede hacer esto…” Es una perspectiva subjetiva, alejada de la realidad, mediatizada por la carga emocional, que resta eficacia y aleja de las soluciones.

Es mucho más aconsejable tratar de distanciarse un tanto de la situación de conflicto para percibirla de una forma más objetiva y serena. Entonces es más fácil entender que la situación se da, no en contra de uno, sino por diferentes factores que no suelen tener relación con uno mismo.

“No lo hace contra mí, es así, funciona así”. No es lo mismo sentir que lo hace contra uno que percibir que realmente se comporta así con la mayoría, que es su estilo, carácter o modo de funcionar.

6. “No es lo que parece”, atender a los hechos, a lo sucedido, frenar la carga emocional.

No vemos lo que sucede sino lo que nos parece que ha sucedido. Las situaciones no son como son sino como nos parecen que son. Cada uno percibe desde su enfoque o perspectiva, cargada de experiencias anteriores, emociones, creencias, opiniones, juicios de valor… Pintamos los hechos con el color de nuestra carga emocional, con lo que distorsionamos lo sucedido, solemos hacerlo más difícil y nos alejamos de soluciones eficaces. Acabamos siendo víctima de la propia ficción que hemos generado cuando damos rienda suelta a la carga emocional.

Por ejemplo, una discusión acalorada entre dos amigos puede percibirse como dos situaciones totalmente diferentes. Puede verse como una discrepancia en la que cada uno ha defendido su opinión de forma vehemente, lo que está más cerca de los hechos. También se puede interpretar como un problema personal, algo que uno llevaba dentro que acaba echándose a la cara, lo que supone una interpretación, suposición… alejada de la realidad, pero que la distorsiona, la exagera y lleva al conflicto.

Uno acaba siendo víctima de sus propias ficciones (interpretaciones, opiniones, suposiciones, juicios previos…) Hay que objetivar, ver los hechos, ver lo que sucede, interpretar lleva a ver lo que a uno le parece o estima.

7. “No se debe hacer más difícil de lo que es”, ocuparse y no preocuparse.

Cualquier problema o conflicto general desequilibrio emocional o malestar. Cuánto de mal lo podamos pasar en una situación problemática depende siempre de tres elementos. Uno va asociado o es inherente a la situación surgida, pero los otros dos se pueden controlar y eliminar. Si de los tres ingredientes que crean el malestar se pueden eliminar dos de ellos estaremos reduciendo el coste emocional del problema y aumentando el nivel de resiliencia (capacidad de superar dificultades o problemas).

Los tres ingredientes que conforman el malestar ante un problema son los siguientes:

  • La dificultad natural y objetiva asociada a la situación o problema. Cada situación conlleva un nivel de malestar, mayor o menor. No supone el mismo nivel de malestar perder las llaves del coche que perder a un ser querido. Es necesario entender el malestar lógico asociado a cada situación.
  • La percepción subjetiva guiada desde la carga emocional. Cuanto más presuponga, estime, interprete, tema, juzgue… más difícil se hace la situación y mayor nivel de malestar se genera. Cuanto mayor “paranoia” o más se “raya”, dicen los jóvenes, mayor malestar.
  • La cantidad de tiempo que se focaliza la atención sobre el problema. ¿Cuánto tiempo llevas el problema en la cabeza? Ese tiempo sentirás de malestar. Existe una traducción pensamientos-emociones, de forma que lo que se piensa se convierte en emoción. Dime cómo piensas y te diré como sientes, cómo vives. Si se rumian los problemas, si se les da muchas vueltas en la cabeza sin pasar al plano de la acción se multiplica el malestar, se hace la situación más difícil de lo que es y aleja de las soluciones.

Por tanto, ver lo que ha sucedido, frenar la carga emocional, no añadir elementos subjetivos y buscar el tiempo justo para valorar qué ha sucedido y decidir qué hacer, es una actitud práctica que ajusta el malestar al inevitable, reduce mucho malestar y ayuda a ser eficaz en la gestión del problema.

8. Entender la lógica del conflicto.

Es necesario entender las circunstancias que rodean el conflicto, el contexto en el que surge, su posible lógica. Se trata de conocer los antecedentes que ayudan a entender la lógica por la que ha surgido el problema. Entender qué hay detrás de un problema ayuda a ser más eficaz a la hora de abordarlo y reconducirlo. Conocer el perfil de la persona que ha generado el conflicto, su patrón de comportamiento, nivel socioeducativo, circunstancias que concurrían, son datos que aclaran por qué ha surgido el problema.

9. “No meter todos los problemas en el mismo saco”, abordar cada conflicto por separado, uno detrás de otro.

Por momentos los problemas se amontonan. Siempre hay algún que otro asunto que surge o se complica, siempre hay algún problema. Nunca se está limpio de problemas. Se resuelve uno y surge otro. Pero hay días que parece que todo se tuerce a la vez y los problemas se precipitan uno tras otro. Es así. La cuestión siempre será ¿qué hacer?

Es muy nocivo visualizar todos los problemas juntos, como metidos en el mismo saco. Genera impotencia, puede producir bloqueo e invita a pensar en la mala suerte, en la crueldad del destino o en la incapacidad de uno mismo. Se llega a pensar que el problema es uno mismo. No tiene sentido realizar este ejercicio porque lleva a verse superado por los problemas.

Es más inteligente ver cada problema por separado, sin vincularlos o relacionarlos entre sí. Cada problema es una situación que requiere acciones diferentes. No tiene nada que ver la situación surgida en el trabajo con el jefe con la discusión con tu pareja por unas reformas que se están realizando en casa, con la nota de la tutora para hablar con ambos padres por una situación surgida en la escuela con tu hijo, con el recibo de luz devuelto por error del banco…

Siempre se trata de situaciones diferentes que requieren planes de acción diferentes. Se deben priorizar los conflictos y ordenar su abordaje según el grado de importancia o la urgencia en resolverlo. Cada problema requiere un tiempo para tomar decisiones y ejecutar el plan de acción. En problema tras otros, nunca todos juntos.

10. “Contar hasta diez”, ganar un tiempo para la reflexión.

No se puede reaccionar ante el problema de forma impulsiva pretendiendo resolverlo ya, de forma rápida. El que pase cuanto antes tiene que ver con que nadie se entere o apenas se perciba el problema. Actuar de forma impulsiva también responde a una relación jerárquica en modo de castigo, como “éste que se ha creído”, “no lo puedo consentir”, “se va a enterar”.

11. “No hacer propios los problemas de los demás”, derivar a cada uno sus problemas.

Los padres tendemos a hacer nuestros los problemas de nuestros hijos, los vivimos como propios, pensamos y actuamos por ellos, les quitamos el problema de sus manos y se lo devolvemos resuelto. Lo mismo sucede con los problemas de otras personas sobre las que existe un vínculo afectivo o profesional. ¿Es eficaz esta actitud?

No es una buena ayuda. Quitar el problema de las manos y hacerlo propio lleva a que la persona que tiene el problema se relaje y confíe en que se lo acabarán resolviendo. Así, se sobreprotege y se educan personas poco competentes, poco preparadas para gestionar situaciones de todo tipo.

¿Es mi problema? Muchas veces la respuesta es no. En muchas ocasiones se nos pide que opinemos, que participemos. Entonces mi problema es opinar, argumentar, tratar de convencer, trasladar mi punto de vista, siempre de una manera respetuosa. Cómo se lo tome la otra persona, qué dirá, qué pensará, cómo reacciones será su problema, no mío.

Esta actitud no es egoísta porque ayuda mantener cierta distancia respecto al problema del otro y permite ayudar de forma más serena y efectiva. Dejarle al otro su problema y estar ahí para apoyarle en su resolución es una actitud solidaria que fomenta la autonomía emocional.

12. “Ser de soluciones” más que de problemas, ver el margen de acción.

A la hora de enfocar un problema existen tres tipos de situaciones: 1) Situaciones Tipo1, aquéllas sobre las que uno no puede hacer nada, cuyas soluciones escapan completamente al propio margen de maniobra; 2) Situaciones Tipo 2, aquéllas en las que sólo se tiene una parte de la solución, no toda; y 3) Situaciones Tipo 3, aquéllas sobre las que uno tiene todo el control, entran dentro del propio margen maniobra o actuación.

  • Situaciones Tipo 1. ¿Qué se puede hacer en situaciones que escapan completamente al control de uno y no se puede hacer nada por modificar la situación, donde uno no puede realizar ninguna acción? La respuesta es NADA, no se puede hacer nada. Mejor dicho, sí que se puede entender que no se puede hacer nada. Entenderlo y aceptarlo, sin resignación, es lo eficaz, con lo cual deja de ser problema. Es así y no puede ser de otra manera. Ahí está la eficacia. ¿Se puede cambiar la filosofía de vida, creencias, forma de entender la vida, forma de ser… de una persona? No, ni se deba intentar. Entenderlo es aceptar las diferencias y abrirse a la convivencia, ser más tolerante, encontrar menos problemas en la convivencia. La eficacia está ser realista, entender que no se puede hacer nada y saber que hay que convivir con ello. Entonces este tipo de situaciones dejan de ser problema.
  • Situaciones Tipo 2. ¿Qué se puede hacer en situaciones en las que uno sólo tiene una parte de la solución? Pues centrar toda la energía en realizar aquello que está en las propias manos hacer, además de animar, argumentar y apoyar para que el otro u otros pongan la parte de solución que les corresponde. Saber esperar a que se involucren y se impliquen en las soluciones. Pero también entender que no lo hagan. Entonces habrá que saber desistir a tiempo, justo cuando se entiende que no es posible por mucho que se siga insistiendo. La eficacia está en hacer, argumentar, convencer, involucrar y esperar, para trabajar conjuntamente o aceptar que no es posible modificar la solución si los demás no se involucran en las soluciones. Entonces este tipo de situaciones también dejan de ser problema.
  • Situaciones Tipo 3. ¿Qué se puede hacer en situaciones sobre las que uno tiene todo el poder de acción, todo el margen de maniobra? Se puede hacer TODO. Enfocar la situación y tomar decisiones eficaces. De esta forma problema es aquello sobre lo que uno tiene poder de acción, sobre todo aquello que depende de uno mismo afrontar y resolver. La eficacia está en centrarse en lo que se puede hacer y hacerlo.

Desde este enfoque muchos de los problemas que vivimos diariamente dejan de ser problema, se es más tolerante con situaciones incómodas sobre las que no se puede hacer nada y con las que hay que convivir, se centra la energía en ser eficaz sobre lo que uno pude hacer o controlar y se está en mayor disposición de ayudar o apoyar porque se viven los problemas de forma más realista, serena y pragmática.

13. No entrar en la “rotonda”, no rumiar el problema.

Ante los problemas parece que la respuesta emocional más lógica es preocuparse. Habitualmente la preocupación es recurrente, se le da vueltas a la situación surgida y se temen las consecuencias que pudieran precipitarse. Cuesta desconectar del problema, se convierte en una pesadilla, es agotador… Uno le da vueltas al problema como le daría a una rotonda. ¿Tiene sentido?, ¿es eficaz hacerlo?

Imagínese que con su coche entra en esa rotonda más próxima a su casa, se ve atrapado por ella, le da vueltas y vueltas sin salir de ella. ¿Qué consecuencias tendría realizar esa acción? No moverse del sitio, no ir en ninguna dirección, es un ejercicio mareante y aburrido, se consume gasoil o gasolina inútilmente… y se generan situaciones complejas (le esperan en casa y no llega). Atendiendo a las consecuencias es absurdo dar vueltas a una rotonda, sin más. No hay que hacerlo para entender que es absurdo.

Quitamos la rotonda y ponemos esa situación que últimamente nos inquieta y nos preocupa. ¿Por qué llevarlo en la cabeza, no desconectar, darle vueltas sin más, hasta el agotamiento? No tiene sentido. Las consecuencias son claras, se hace más difícil lo sucedido, se pierde mucha energía, confunde, no lleva en la dirección de la acción, genera malestar emocional… y se baja la guardia a nivel atencional en otros ámbitos lo que genera nuevos conflictos. Entrar en la rotonda de los problemas o conflictos es del todo ineficaz y absurdo.

14. Creencias irracionales o equívocos que dificultan la resolución de los problemas.

Quiero referirme a algunas ideas que restan eficacia o ponen muy difícil la resolución de problemas o conflictos. Pensar así supone dificultad para ser eficaz. Desde mi opinión las creencias irracionales más extendidas en la resolución de problemas son las siguientes:

  • Existe una solución ideal para cada problema. No es cierto. Pueden darse diferentes buenas soluciones para una misma situación. Se trata de encontrar una buena solución, entre varias posibles. No existe una decisión única o solución ideal. No hay varitas mágicas.
  • El tiempo dirá. El tiempo no dirá nada, en todo caso se encargará de que la situación de conflicto se vaya deteriorando y se vuelva más difícil todavía.
  • Los problemas se resuelven por defecto. Es una creencia bastante extendida pensar que los problemas se resuelven solos, sin hacer nada.
  • Buscar ayuda es de personas poco competentes. En muchas personas el temor a mostrarse débil o vulnerable lleva a no pedir ayuda en situaciones que no saben cómo enfocar y resolver el conflicto surgido. Les parece un síntoma de debilidad. Es absurdo preferir estrellarse antes que pedir ayuda.
  • Vomitar el problema a los demás. Lo contrario es rumiar los problemas delante de los demás, sin ninguna inquietud de resolverlos. Hay personas que siempre van con sus problemas a los demás, se los vomitan, sin otra inquietud de darles publicidad. Se mueven por captar la atención, inspirar pena, tener a los demás. Supone un chantaje emocional porque suelen hacerlo con las personas que más les aprecian. No es lo mismo abordar el problema para resolverlo y consultar a otras personas posibles dudas o solicitarles información añadida, nuevos puntos de vista, que vomitarles y castigarles con los propios problemas. Desgraciadamente, no se dan cuenta del desgaste que produce sobre las relaciones personales y acaban quedándose solas.
  • Conocer el porqué del problema es la auténtica solución. No se reconduce una situación si no se trabaja sobre ella. Sin acción no hay solución posible. Comprender o entender el problema cumple una función explicativa pero no de cambio. Entender por qué soy como soy no me lleva a cambiar o evolucionar sin no va acompañado de aprendizaje, entrenamiento, esfuerzo y trabajo.
  • Enfadarse con el mundo. Muchas personas, especialmente del género masculino, expresan su frustración mediante el enfado. Su enfado lo proyectan sobre todo y todos, parece que hacen responsables a todos de su problema. Dicen de éstos “no se le puede decir nada”. Sin duda, es una reacción que complica mucho más la situación de conflicto.

PROVERBIO ORIENTAL

La actitud que se traslada en este artículo se puede resumir en una afirmación o proverbio oriental:

“No tiene sentido preocuparse de los problemas. Si no tiene solución ¿de qué te preocupas? Y si tiene solución ¿por qué no mejor te ocupas en vez de preocuparte?»

En el siguiente capítulo se ofrecerá una estrategia de resolución de problemas o toma de decisión. Los problemas son menos y de menor importancia desde una actitud positiva. Ante los problemas, aquellos que verdaderamente lo son, se puede tener una estrategia común que se aplique de forma flexible. Existe una actitud y una estrategia polivalente ante los problemas que garantiza eficacia y hace a las personas resilientes, le llamaremos método saber-competir para resolver conflictos o problemas.

Este artículo fue publicado originalmente en Noviembre del 2019

José Carrascosa

José Carrascosa

Pionero de la psicología del deporte en España, ha trabajado durante más de 25 años con deportistas, entrenadores y equipos profesionales de primer nivel, ha colaborado en logros deportivos de sus clientes (ascensos, títulos nacionales y europeos, marcas europeas y mundiales, medallas olímpicas). Ha ayudado a que haya cambiado la percepción sobre las emociones y el alto rendimiento, desde “echarle güevos” a “competir”, desde el desconocimiento a la toma de conciencia del papel de las emociones sobre el rendimiento y el bienestar. Se considera un “artesano” de la educación y desarrollo emocional

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