Mamá, papá ¿me acompañas a competir?

Juan González
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Mamá, papá ¿me acompañas a competir?

Es curiosa la creencia de que el deporte forja campeones, una visión que desde hace más de 100 años, las sociedades modernas han creado y utilizado con miles de fórmulas y modalidades deportivas, depositando en los deportistas una imagen modélica de constancia y superación. Búsqueda de éxito y recursos para lidiar con el fracaso son habilidades personales y sociales que la práctica deportiva transmite y enseña a cada minuto que la observamos y que padres y madres deben también poner en práctica para ser pilares esenciales y útiles en la formación deportiva de sus hijos e hijas.

Lo vamos a ver a través de los ojos de Alejandro, un niño de 15 años que jugaba al fútbol en el equipo juvenil de su ciudad y de lo que se siente orgulloso. A través de conversaciones e historias que ha mantenido con amigos y amigas a lo largo de sus últimos años, Alejandro habla con sus padres durante las sesiones con el psicólogo del club en el que juega, transmitiéndoles cómo ve desde su interior que le acompañen en su camino de competir.

Lo vamos a ver a través de los ojos de Alejandro, un niño de 15 años que jugaba al fútbol en el equipo juvenil de su ciudad y de lo que se siente orgulloso. A través de conversaciones e historias que ha mantenido con amigos y amigas a lo largo de sus últimos años, Alejandro habla con sus padres durante las sesiones con el psicólogo del club en el que juega, transmitiéndoles cómo ve desde su interior que le acompañen en su camino de competir.

“El deporte, eso que nos gusta a todos”

El padre de mi amigo Pablo, tiene 43 años y le lleva cada día a su entrenamiento de baloncesto en el equipo de su barrio. Su padre es un apasionado de aquellas finales de la NBA de los 80, donde unos tales Magic (Lakers) y Larry (Celtics) enseñaban al mundo lo que podían hacer desde las alturas hacia la canasta contraria. Luego han venido los años esos de Jordan, Koby, Curry o Lebron, con noches y días épicos resaltados en jugadas de ensueño, para hacer creer a Pablo que ser el mejor es cuestión de destacar por encima de todo el mundo.

Cada día y en cada ocasión que puede (ambos han pasado horas delante del televisor y se conocen de memoria la colección de los partidos míticos de la NBA) le insiste a su hijo en ello, marcándole la necesidad de ser competitivo. Pablo dice que su padre no para de repetirle lo orgulloso que se siente de él cuando lo ve competir. Por ahí comienzan algunas cuestiones por pulir, porque no para de decirme cuando habla de esto conmigo: “¡¡¿sólo cuando me ve competir?!!”.

Tal y como me doy cuenta con ejemplos así, acompañarme en el mundo del deporte, comprende entonces mucho más allá que acudir a un club, pagar una cuota, llevarme o recogerme cada tarde que toca entrenamiento o competición. El deporte es el reflejo de una sociedad que mide a las personas por su rendimiento y resultados, de una excesiva orientación deportiva simulando los modelos competitivos profesionales. Esto me lleva a percibir que potencia la aparición de padres o madres ansiosos, con miedo al fracaso (“ellos y ellas dicen de sus hijos, ¡claro! ¿cómo va a ser el fracaso de nosotros, los padres?”). Les cuesta entender y llevar a la práctica qué es lo que deben saber y conocer para acompañar a sus hijos tanto si destacan como si no en el deporte.

“¿Por qué no dejamos las cosas claras desde el principio?”

Una de las verdades indiscutibles en la que no muchos profesionales del deporte reparan es que si vosotros, los padres, no quisierais, los niños no haríamos deporte. Que sois vosotros quienes decidís qué deporte hacemos por primera vez (aunque sea porque os insistimos en que es el que más nos gusta), incluso si nos hace sufrir o no. De todos modos, sois vosotros los que nos acompañáis incondicionalmente. También esto es verdad: ¿cuántos de esos padres o madres tienen claros y definen eficazmente con sus hijos/as esos primeros “pasos deportivos”? ¿Cuántos saben para qué va a hacer deporte su hijo?, ¿hasta dónde quiere llegar?, ¿ha decidido el deporte que quiere realizar? ¿es él al que le gusta realmente? ¿acepta el grado de esfuerzo que supone?, ¿están preparados padres o madres para el día en que ya no le guste el deporte decidido? ¿lo practica porque lo han decidido ellos y creen que es el que más le conviene?

Estas y muchas más preguntas podrían formar parte de esa necesaria conversación previa que podríamos haber tenido antes de decidir el deporte o club al que me llevasteis, ¿no creéis? Con una buena comunicación seguro hubiese potenciado muchos de mis recursos para poder hacerme más competitivo cada día. Una buena conversación planteada con honestidad, coherencia y consistencia.

La honesta comunicación facilitaría la comprensión y el respeto a todos nuestros esfuerzos, los vuestros y los míos. La coherencia en lo que nos decimos que nos ayude a entender qué buscamos con el deporte (sentido realista de lo que estoy haciendo, ajustado a lo que comprendo a mi edad, positivo en cuanto a lo conseguido y lo bueno por seguir consiguiendo, y sin crearnos falsas ilusiones de que vamos a ser los mejores siempre o en todo). Y también es esencial la consistencia mantenida en el mensaje conforme va pasando el tiempo y sumando experiencia que es cada vez mayor (mantenemos las decisiones, mensajes y maneras de manejar cada situación buena o no tan buena). De esta manera, podríamos comunicarnos de forma mucho más sincera, y al mismo tiempo, ayudarnos apoyando los objetivos y esfuerzos deportivos, personales y familiares que nos propongamos entre todos.

“El foco, ¿entonces donde está mi foco?”

Como padres de un niño deportista, entiendo lo de fijar la atención (la vuestra y la mía) en nuestros sueños, en lo que consiguen los grandes deportistas (fama, reconocimiento social, trofeos o premios) para que sean parte de mis modelos, de lo que es llegar a vivir del deporte. Pero mucho más importante debe ser ayudarme a construir la admiración hacia el trabajo duro que supone llegar hasta allí. Y todavía más fundamental, valorar el disfrutar de cada paso que vaya experimentando como mejora u oportunidad a lo largo de toda mi trayectoria. Esa admiración que deposite en los deportistas será la fuente de mi pasión, será la inspiración para esforzarme y trabajar, saber qué debo mejorar, y se convertirá en la motivación vuestra para observarme, evaluarme, y ayudarme en los aprendizajes deportivos. 

En realidad, para mí como niño no es nada útil creerme que seré alguien que triunfará en el futuro. Lo que sí me ayudará es creer que lo aprendido cada día me va a reportar ganancia para el siguiente día, para entrenar y competir mejor. Desde pequeños, a nuestra mente le gusta creerse cosas. Es una de nuestras tendencias naturales creer que voy a mejorar la intuición, la anticipación, la seguridad en mi mismo, incluso para estar más motivado. Mi mente cree que “todo va a ir bien”, que “somos los mejores”, que “somos unos campeones”, que “no nos pasará nada malo”, pero también que “si no alcanzas un nivel a cierta edad, ya no serás nadie en el deporte”. Algunas de mis creencias me ayudan para seguir estando convencido y otras me crean miedos, temores de que nunca conseguiré nada. ¡Cuidado!, esto no puede ser.

Adivinad vosotros cuáles son unas u otras. Curiosamente ante esto, cuando imagináis en cómo me va a ir en el deporte que practico, principalmente lo hacéis imaginando o bien que andaré triunfando/superando retos; o bien fracasando/fallando en el intento, sin daros cuenta de que no encontrar el término medio es una de las mayores de mis vulnerabilidades para ser competitivo. Que yo tenga claro todo esto, no quiere decir que debáis empujarme o protegerme más. Solo quiero deciros, tenedlo claro, que lo que quiero es dedicar mi esfuerzo a disfrutar retándome, a darme cuenta qué detalle es el que toca aprender y mejorar, cuánto me va a ayudar lo que quiero y cómo lo voy a añadir a lo que ya tengo para guardármelo para siempre.

Poner el foco en lo que se mejora con respecto a lo que se tenía el día/mes/año anterior, que se me valore ese partido o trofeo que acabo de ganar es genial y me encanta. Aunque también me gustaría que valoraseis que me esfuerce, me supere, reflexione, disfrute de lo conseguido, que crezca sobre lo que he trabajado, que aproveche las nuevas oportunidades y que tome la decisión de aprender más de ellas. Esa es la fórmula casi perfecta para ser más competitivo.

“¡Cuánto os siento sufrir!, con lo complicado que es eso del equilibrio entre vuestros límites y mi autonomía”

Mi amiga Paula, una nadadora de 15 años muy prometedora para todo el mundo que la rodeaba, supo muy bien qué decir a sus padres una tarde en la que se esforzaban en hacerle sentirse responsable de no conseguir ganar pruebas y bajar tiempos tras un mes de eternos entrenamientos, largas noches de deberes escolares, ni un rato compartido con sus amigos/as. Aquella tarde, sus padres le dijeron que no se esforzaba, y que no les correspondía con lo que ellos hacían por ella. Con aquella conversación, los padres de Paula pretendían que “espabilara” y que hiciera todo lo posible por alcanzar lo que ella quería. Es muy curioso hacer todo lo posible por responsabilizar a Paula de los resultados no obtenidos (otra vez los dichosos resultados), es una estrategia utilizada por sus padres cuando creen que les está fallando o cuando valoran que se está equivocando. Paula anda en muchas ocasiones frustrada con esto, y una vez les preguntó: “¿en realidad creéis que eso me ayuda a sentirme más segura y a querer esforzarme por mejorar, o lo haré para no sentirme más castigada por vosotros y así que no haya peores consecuencias?”

De nuevo otro detalle a cuidar para que me ayudéis a potenciar mis condiciones para ser más competitivo: que me sienta independiente y sea capaz de darme cuenta de que lo que deseo y hago está a mi alcance. Puede ser comprensible que para vosotros sea muy complicado conocer hasta dónde me ayudaría cuando marcáis límites buscando mi bienestar. Creéis que ese bienestar pasa porque yo juegue bien, rinda bien, y gane. También comprendo que sea difícil para vosotros dejarme espacio para que pueda experimentar y aprender por mí mismo, de mis emociones cuando me va bien o mal, o para que tome las mejores decisiones sobre lo que es conveniente. “¿Cómo vais a sentir que tenéis el control de nuestra seguridad y bienestar, si no estáis ahí, sin parar de estar pendientes? Somos tan pequeños, nos queréis tanto, nos veis tan indefensos/as”.

Pues para que lo sepáis, cuanta más confianza tengo en mí mismo y más siento que tengo una red segura que todos hemos ayudado a crear, es cuando sé que, pase lo que pase, seguiremos juntos en este deporte o en lo que decidamos hacer y disfrutar juntos. Reconozco mejor los límites cuando desde el principio y convencidos, tomamos las decisiones de manera conjunta, no cuando me reprocháis todo lo que no he hecho cuando los resultados no llegan o me quejo un poco.

Cuando los límites que me marcáis están únicamente a merced de que los resultados sean los que vosotros consideráis que son los más apropiados para mí, me llenan de incertidumbre, dudas y pensamientos que me preocupan y entristecen. Estos últimos formarán el vacío, oscuro y tenebroso de “no sé quién soy, ni para qué hago esto”.  Cuando los límites tienen la mezcla perfecta de claridad y espacio para crecer, me ayudan a ser más fuerte y a saber qué viene después de ser superados. Esta es mi red de certezas.

Cuando los límites tienen el margen coherente donde puedo caminar libremente sin la sensación de error a cada paso, independientemente de que me lleve a ganar o perder, esos límites me llevan a creer en mí mismo. Esta es mi red de confianza.

“¿Entonces vuestras emociones son mis emociones?”

Acompañarme en el deporte supone ser parte de los modelos de comportamiento que tendré a lo largo de mi vida. Precisamente, los padres sois los principales modelos para que aprenda a mostrar afecto. Observarme reaccionar exageradamente cuando ganamos o perdemos probablemente sea el reflejo de vuestras propias emociones en ambas situaciones.

Os he visto hacerlo miles de veces cuando la cosa va con vosotros. Podríais respirar de manera profunda antes de gritar ante una buena actuación o ante lo que apreciáis como injusticia. Podríais comprender que no ser impulsivos en la tristeza, enfado, melancolía, o ira durante las competiciones nos enseñará a expresarlas bien en los momentos más adecuados. Aprender que hay que estar alegre por obligación, ser soberbio cuando ganamos o cuando aparecen los fallos de los rivales. La alegría que más nos gusta es la que os genera vernos practicar y competir en  el deporte que hemos elegido juntos y sentiros orgullosos de nosotros y positivos con nuestro esfuerzo.

Cuantos más esfuerzos dediquéis en mostraros como ejemplos de regulación emocional, nuestra observación, imitación y reflexión de ello harán el resto para que expresemos afecto de la manera que más nos beneficia en los momentos más adecuados.  

“Con la justa medida y ritmo al que mi rendimiento madura”

Mi amigo Ricardo, juega al tenis desde los 8 años y es muy bueno haciéndolo. Ahora que tiene 14 ya juega en los circuitos juveniles, incluso ha ganado algún torneo internacional. Me contó una vez que le preguntó a sus padres: “Papá, mamá, nunca he entendido porqué es necesario comprometernos para superar retos, luchando hasta el final dándolo todo, para ahora quitarle todo el mérito a lo alcanzado y menospreciarlo por algo superior” Y añadió: “haber aprendido con el deporte los valores de la honestidad y la responsabilidad, me ha enseñado a respetar el esfuerzo, sentir que vale la pena lo que he hecho hasta ahora, y que el mundo del tenis me reconoce por ello. Ese es el mejor torneo de todos los que he ganado, y por el que vale la pena seguir mejorando”.

Ricardo no entendía cómo sus padres querían que madurase más rápido, si él estaba haciendo todo lo posible porque las cosas le saliesen bien. Me decía “si responsabilidad y esfuerzo mental son dos de las mejores “armas psicológicas” que el ser humano cultiva a lo largo de su vida, ¿dónde me equivoco?”.

No dudo que, como padres, creéis que hago todo lo posible por ayudarme a hacerlo bien en el deporte y en la vida. Desde hace años, ya he comprendido que ser constante en el trabajo y mejorar, aunque en ocasiones cueste mantenerlas en altas dosis, me ha ayudado a superar incluso alcanzar metas inimaginables. Sentirme responsable y esforzarme en buscar la oportunidad en cada cosa que me rodea, empuja mis motivaciones y confianzas. Las cuatro cosas en conjunto son muy poderosas si van en la misma dirección, unas me ayudan a fijarme en mi interior (veo con confianza mis condiciones buscando mejorarlas; y por otro lado, me responsabilizo de darles coherencia y sentido); otras me conducen a hacerme más consciente de mi fortaleza psicológica (los esfuerzos mentales aprietan mis dientes y mis motivaciones me agarran al mejor saliente del muro).

“¿Y si soy yo quien os enseña un poco cómo me siento competitivo/a?”

Ahora ya para acabar, y después de haberos contado algunas de las experiencias que mis amigos y amigas han tenido en sus historias deportivas, me gustaría poder deciros todo lo que me podéis aportar para regular o modificar mi espíritu competitivo. Os dejo escrita una carta para transmitiros todo lo que, desde el cariño y mayor deseo que siento me mostráis, me habéis enseñado:

“Papás, me alegra mucho que me acompañéis en mis aventuras deportivas, y me alegra mucho más lo que intentáis hacerme ver cada vez que me señaláis cómo comportarme en el juego y con mi equipo. Estoy aprendiendo que solo juego partidos para ganar. Cómo me premiáis, habláis o felicitáis solo cuando he marcado o cuando he jugado como titular todo el partido y hemos ganado, eso es lo más útil para mí, ya que es cuando mejor me siento. Considero que, como vosotros hacéis, tengo que gritar a mis compañeros, al rival o los árbitros y hasta a mi entrenador si la situación no me beneficia. Que con ello consigo defenderme de toda aquella persona o situación que está ahí para perjudicarme. Que puedo convertirme en un jugador que infravalora el trabajo y esfuerzo de los demás, siempre que no me ayude porque yo quiero llegar a ser profesional, es mi sueño, y todos deben ayudarme para ello. Será entonces, cuando lo consiga, cuando ser feliz será mucho más fácil. Sé que cuando me da miedo que no me salgan la cosas y me pongo ansioso por hacerlo bien es una tontería, siempre he sido el mejor, y si soy el mejor, todos los demás lo harán mucho peor. Gracias por quererme tanto, sé que os lo debo devolver por todo lo que hacéis por mí. Os quiero, Alex”.

Esa carta fue preparada junto con Alex, para que este se la leyera a sus padres en una sesión de trabajo con toda la familia. Desde entonces, aquellos padres comprendieron por qué su hijo estaba triste, comía mal, se despertaba con pesadillas, evitaba ir a los entrenamientos, había comenzado a tener miedos altísimos por cometer errores, y a no ilusionarse por ver a su equipo de fútbol de mayores cada domingo. Aquellos padres comprendieron que un “amor incondicional” hacia su hijo, era especialmente importante cuando aparecían las situaciones complicadas, inesperadas o menos comprensibles. Comprobar que dárselo únicamente para “buscar justicia”, “evitar su sufrimiento”, o no reforzarle cuando apareciera un esfuerzo, afectaba directamente a la autoestima de Alejandro, y hacía que cada vez más se alejara de lo que más apreciaba. Les hizo ver mucho más claro cómo ayudarlo a competir mejor.

Un par de años después, los padres de Alex comunicaron al club, cuando tuvo que renovar para categoría sub-23, que lo que aprendió toda la familia en aquella sesión fue el mejor entrenamiento de aquella temporada y de sus siguientes años. Hoy, a sus 22 años, Alejandro es jugador profesional en una de las mejores ligas del mundo.

Algunos niños y niñas pueden querer sobresalir y alcanzar altos niveles de deporte. Otros pueden simplemente desear experimentar la alegría de participar sin aspirar a alcanzar un alto nivel. Como padres, no hacer todo lo posible por escuchar, apoyar y comprender lo que el deporte aporta a sus hijos en lugar de tratar de imponer sus propias metas, es empujarles injustamente a experimentar caminos de sufrimiento e incomodidad. Acompañar es ofrecerse a estar a su lado, respetar incondicionalmente sus avances, potenciando así su condición competitiva de mejorarse a sí mismos. Ayudar siempre que sea necesaria su ayuda, aunque no siempre y cuando usted necesite ayudarle. El deporte siempre es agradecido con las familias que suman y ofrecen nuevas oportunidades para mejorarlo. Verse reflejados en la historia de Alejandro puede ser una buena enseñanza para ello.

Juan González

Juan González

Profesor Universidad de Granada. Miembro del grupo de investigación Psicología de la Salud UG. Psicólogo del Deporte desde 2004. Responsable del Área de Psicología Deportiva, Real Federación Española de Ciclismo. Promotor del Liga BRAVE Multideporte, como responsable de su área psicoeducativa.. Investigador, colaboraciones en diferentes proyectos nacionales e internacionales entre España y países como Inglaterra, México, Estados Unidos o Argentina. Apasionado por mostrar la utilidad de la relación psicología-salud-deporte para un equilibrio saludable general.