Gestionar los CAMBIOS

José Carrascosa
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Gestionar los cambios

¿Los imprevistos o cambios rompen tus esquemas?

Cuando estás preparado, te vienen con cambios de última hora que te descolocan. Te has organizado, te has preparado, estás listo y te dicen que no es como estaba previsto, que hay cambios. Cuesta organizarse y adquirir hábitos. Cuando parece que ya has cogido la rutina, la tienes que variar porque han surgido nuevas circunstancias. ¿Cómo llevas los cambios?, ¿te molestan?, ¿te cuesta reenfocar tu atención hacia la nueva situación?, ¿te afectan los cambios en tu trabajo o sobre tu rendimiento?

Una respuesta emocional bastante habitual ante el cambio es vivirlo como un conflicto y “personalizar” la situación. “Te cambian a última hora, tras el esfuerzo que me ha costado” es un pensamiento que ejemplifica esta reacción. Parece que el cambio se ha motivado contra mi persona, “no es justo, es una falta de respeto al esfuerzo y trabajo que he hecho, es una falta de consideración a mi persona”. El cambio tiende a vivirse en primera persona, se percibe contra uno, cuando la realidad es que el cambio responde a otras circunstancias. Los cambios surgen sin avisar, se deben normalmente a circunstancias y no están motivados contra nadie. Los cambios fluyen porque la vida es dinámica y cambiante, no surgen contra nadie.

 

Sobrevivir en una sociedad en permanente cambio

Nuestra sociedad se caracteriza por el cambio. Estamos en permanente cambio, evolución o desarrollo. “Todo fluye, todo cambia” decía Heráclito, frente a “nada cambia, todo permanece”, que postulaba Parménides. Son dos visiones muy diferentes de la vida. Nuestra sociedad se acerca mucho más al postulado de Heráclito.

En la sociedad actual cambios de todo tipo se suceden de forma acelerada. Cambios tecnológicos, cambios educativos, cambios laborales, cambios en las costumbres, de hábitos de vida, de valores… Nada es así para siempre, nada es para toda la vida. Una persona ha de prepararse para desempeñar diferentes trabajos a lo largo de su vida laboral. Los jóvenes estudian para desempeñar futuros trabajos que aún están por inventar. Las relaciones afectivas, el lugar de residencia, las amistades… se renuevan en gran medida, cambian. El saber en la mayoría de las ciencias y ámbitos profesionales se renueva en un ciclo relativamente corto de años. Los jóvenes de hoy no tienen casi nada que ver con los jóvenes de hace diez años, las generaciones también cambian o evolucionan. Nadie ni nada es así para toda la vida.

Vivir en la sociedad actual exige aprender a convivir y gestionar el cambio permanente, saber vivir en la incertidumbre sin miedo y sabiendo aprovechar las oportunidades que abre la dinámica de la vida. El cambio forma parte del escenario de nuestras vidas, dibuja el contexto laboral, social y cultural en el que nos movemos. Perseguir la seguridad absoluta es un imposible, colisiona con la vida real, dinámica, en permanente cambio o evolución.

Incertidumbre frente a seguridad   

Los cambios suponen ruptura, crisis, disfunción. Algo que venía funcionando deja de funcionar, algo que venía siendo norma deja de serlo, algo que estaba previsto se suspende, algo que era efectivo deja de serlo… Se produce una crisis en el sentido literal de la palabra, es decir, una ruptura, un cambio, una disfunción. No debe entenderse crisis con una connotación peyorativa, como algo malo, tampoco bueno. Crisis es simplemente cambio.

Cualquier situación genera una respuesta emocional. Los cambios ponen en estado de alerta y generan estrés, liberan cortisol, crean cierta tensión, incertidumbre, inestabilidad, inseguridad… Es la respuesta emocional lógica ante situaciones que son percibidas como amenaza o riesgo. Imprevistos o cambios generan una respuesta de estrés, que puede ser mayor o menor en cada persona. Cómo se gestione dicho estrés será determinante para ser eficaz o no ante el cambio, se vaya produciendo una tolerancia y entrenamiento en la gestión del cambio, o por el contrario se le vaya cogiendo miedo.

Las rutinas generan seguridad, es la seguridad y comodidad de lo conocido, de lo habitual, de lo que uno controla. Es una seguridad cómoda que evita exponerse a la incertidumbre, el riesgo, la amenaza. Lo habitual o rutinario supone una seguridad o comodidad inmediata que acaba volviéndose en contra porque limita el aprendizaje y, en el medio plazo, abona posibles problemas anímicos. Muchos defienden una seguridad que a la larga acaba pasando factura.

Salir de la “zona de confort” como mecanismo de aprendizaje y desarrollo

La “zona de confort” es un estado emocional referido a estar acostumbrado o sentirse cómodo en lo conocido, en lo habitual o rutinario, en lo que se domina, tanto lo bueno como con lo malo. La “zona de confort” ofrece seguridad y comodidad. Ir al entrenamiento cada día, entrenar con esfuerzo, recibir las correcciones del entrenador, competir entre semana para entrar en la lista de la convocatoria, quejarte del entrenador, de su forma de ser, metodología y decisiones, ir a recoger a los niños al colegio, atender la llamada del representante… pueden ser las rutinas que dibujan la vida de un jugador y que construyen su “zona de confort” No es todo bueno o gratificante, es todo conocido, donde se desenvuelve, lo que conoce, donde se siente “cómodo”.

Salir de la zona de confort es adentrarse en la novedad o en lo desconocido. Fuera de la zona de confort está la “zona de aprendizaje”. Cuando se está abierto a aprender y formarse, se sale de la zona de confort hacia algo nuevo, adentrándose en la zona de aprendizaje. A medida que se producen aprendizajes y se consolidan, lo que en realidad sucede es que se amplía la zona de confort mediante el cambio o evolución personal que el aprendizaje produce. Entrar en la zona de aprendizaje requiere curiosidad, inquietud por aprender, mejorar, evolucionar… y los aprendizajes van ampliando la zona de confort. Conforme se avanza en aprendizajes, se produce una evolución o desarrollo, aumenta la preparación. No se sale de la zona de confort para no volver, se sale de ella y se amplía, se hace más grande con nuevos aprendizajes y nuevas experiencias.

La zona más alejada de la zona de confort, más allá de la zona de aprendizaje, es la zona de lo completamente desconocido, llamada por algunos la “zona de pánico”. Pero no es así. La zona de lo completamente desconocido es la “zona de no experiencia”, de la innovación, la creatividad, el emprendimiento, es la zona mágica de los grandes retos o sueños. Conforme se acumulan aprendizajes, la zona de confort crece, la preparación aumenta, se evoluciona, se produce un desarrollo que prepara para adentrarse en la zona de no experiencia, prepara afrontar grandes proyectos.

Las personas que no quieren salir de la zona de confort renuncian al aprendizaje y limitan su desarrollo profesional y personal, no evolucionarán y será muy difícil que lleguen a verse involucrados en grandes iniciativas o proyectos.

Diferenciar entre tensión creativa y miedo limitante

Lo nuevo y desconocido genera vértigo, provoca una tensión lógica que pone en alerta y prepara para actuar con eficacia. Es una tensión buena o positiva, es una tensión creativa y adaptativa. Debemos aprender a convivir con la tensión positiva, esa dosis de vértigo que generan los cambios. Cambiar de proyecto, asumir nuevas responsabilidades, iniciar una nueva etapa profesional genera tensión, pero es una tensión creativa que nos ayuda a prepararnos, ser eficaces y adaptarnos. Es necesario tolerar esa dosis de tensión o vértigo que generan las iniciativas, cambios, nuevos proyectos, desafíos, para poder crecer a nivel profesional y personal. La tensión o vértigo ante la novedad y cambio nos hace más capaces, nos ayuda en nuestro desarrollo, nos hace más libres.

El miedo es diferente a la tensión buena. El miedo supone una tensión negativa que limita o incapacita, que nos lleva a dar un paso atrás, a no atrevernos, a renunciar y justificarnos con “es lo más prudente”. El miedo es una tensión negativa que nos impide crecer o desarrollarnos, que acaba sometiéndonos y haciéndonos prisioneros de ella. Los miedos se alimentan mediante conductas de evitación, huyendo o no afrontando las situaciones ansiógenas.

La tensión positiva o vértigo ante lo nuevo, diferente, difícil se va resolviendo en la medida en que se afronta la situación y se gestiona con eficacia, convirtiéndose después en satisfacción personal y bienestar emocional por el trabajo bien hecho y el logro conseguido. La tensión creativa es un estado de activación, energía, ilusión, motivación que tiene recompensa en forma de satisfacción. Es una tensión que hace a uno sentirse vivo, muy vivo, vitalista… Esa excitación bien resuelta, trasformada en satisfacción y autoconfianza llega a ser adictiva. Se acaba necesitando el cambio, la novedad, el riesgo para sentirse vivo. La autoconfianza y la autoestima también van construyéndose a medida que se van afrontando retos, asumiendo riesgos y consiguiendo logros difíciles. Activación, ilusión energía, satisfacción, autoestima, bienestar emocional hacen que se acabe necesitando esa dosis diaria de tensión o vértigo, se convierte en adictivo.

Estar preparado, saber gestionar los cambios

Los conocimientos, el saber y el saber hacer, no son suficientes para estar preparados en una sociedad que avanza sin parar. Asistimos a la generación más formada de la historia de la humanidad, atendiendo a su formación académica, dominio de idiomas, manejo de nuevas tecnologías, experiencias de viaje por un mundo global… Están formados, pero ¿realmente preparados?

La preparación óptima exige de competencias emocionales entre las que debe figurar gestionar con eficacia situaciones de cambio, estar preparado hasta para los imprevistos. Poner toda la atención y energía en adaptarse a la nueva situación y ser resolutivo en ella, sin apenas mirar atrás, no es fácil. La respuesta emocional más lógica ante el cambio es dudar, sentir frustración, lamentarse, enfadarse, sentir temor o miedo… ¿Quién enseña a gestionar los cambios?, ¿quién prepara para tener una actitud polivalente, predispuesta a cambiar y adaptarse, para ser un todoterreno?

Una buena metáfora para aprender a gestionar los cambios la encontramos en el libro ¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson. Es un cuento que trata sobre dos ratones a los que les han robado su queso. Se quedan sin comida. ¿Quién encontrará antes un nuevo queso: el que se lamenta y se hace preguntas, o el que se moviliza enseguida en buscar comida?

Más allá de la metáfora está la cruda realidad generada por la actual pandemia del coronavirus Covid-19. Llegó un virus nuevo que ha parado el mundo y dibuja un escenario diferente en un futuro inmediato y a medio plazo. ¿Qué respuesta vamos a dar?, ¿vivimos pendientes de lo que hemos perdido o nos movilizamos para tratar de adaptarnos al nuevo escenario?

Esta sociedad, sobreprotectora con los jóvenes, quizás no ofrece el contexto adecuado para el aprendizaje de actitudes favorables a los cambios. Tampoco el sistema educativo está preparado para enseñar y entrenar actitudes que exige la sociedad del cambio. ¿Quiénes lo pueden enseñar desde el sistema educativo?, ¿profesores que son funcionarios? El funcionariado representa seguridad, lo más alejado a incertidumbre o cambio.

¿Puede haber un plan para gestionar los cambios?

Disponer de un plan o estrategia siempre ofrece seguridad. Los cambios suelen presentarse por sorpresa, no avisan, por lo que descolocan o desorientan a las personas cuando se presentan. Posibles cambios asustan, desequilibran. Queriendo vivir apegados a la seguridad los cambios irrumpen para quebrarla y abrir incertidumbre.

¿Es posible disponer de un plan para afrontar lo desconocido, ante cambios e imprevistos que aún no se han presentado?, ¿es posible no ir a ciegas, llevar una brújula que oriente ante la novedad y lo desconocido? Propongo una estrategia flexible que se pueda adaptar a cualquier situación de novedad, cambio o imprevisto.

  1. Entender y aceptar la existencia de los cambios. Aspirar a vivir sin aire y sin agua, como dice la famosa canción de Maná, es como aspirar a vivir sin cambios. El imprevisto, la novedad, el cambio, forman parte de nuestra vida. Comprenderlo y aceptarlo predispone a convivir y gestionar los cambios, ayuda a sobrevivir en una sociedad en permanente cambio o evolución.
  2. Identificar rápidamente la nueva situación. Hay que estar rápido para adelantarse a los cambios, para intuir, identificar y conocer la nueva situación. Mientras muchos se ven sorprendidos por los cambios y pierden el tiempo en lamentos y preguntas que no obtienen respuestas, otros se adentran y exploran lo nuevo o desconocido. Aceptar esta realidad cambiante y estar predispuesto a ella ayuda a intuir los cambios antes de que se produzcan. Tener los ojos bien abiertos permite ver llegar los cambios antes de que se produzcan.
  3. Evaluar las nuevas demandas. La nueva situación dibuja un contexto en el que hay que moverse lo antes posible, con nuevas demandas a nivel de actitud y comportamiento. Cuando percibimos lo que la nueva situación nos pide o exige, es mucho más fácil darle respuesta. Esta percepción la podemos traducir en necesidad de formación, de forma que permanentemente actualicemos nuestra preparación para dar respuesta a demandas nuevas ante situaciones cambiantes.
  4. Generar soluciones que supongan adaptación. ¿Cómo adaptarnos a las nuevas demandas? Seguro que mucho de lo que somos y hacemos servirá ante la nueva situación, pero también debemos estar dispuestos a revisar nuestras competencias y detectar aquellas en las que seguir aprendiendo o formándose para ser efectivos en el nuevo escenario o contexto. Debemos identificar nuestras fortalezas y debilidades para prepararnos y hacer efectiva la mejor adaptación posible.
  5. Diseñar un protocolo de acción. La novedad se responde con un plan de acción que resuelve dudas e incertidumbre. El cambio puede ser de mayor o menor dimensión. Independientemente de la incertidumbre que se pueda generar, la respuesta debe ser un plan de acción. Cuando existe un plan de acción, se avanza en una dirección, aun con dificultades, sin perder tiempo y energías rumiando dudas y preocupaciones, como el que da vueltas a una rotonda sin tomar una dirección.
  6. Implementar el protocolo de acción. Una vez decidido el plan de acción, toca llevarlo a cabo: implementar las acciones que lo desarrollarán. Una vez decidido qué hacer, hay que dar el paso y diseñar cómo, cuándo y con qué recursos.
  7. Evaluar el protocolo de acción. Hay que darse un tiempo hasta evaluar el grado de eficacia del plan desarrollado. Pasado un tiempo, la evaluación de las decisiones tomadas permite introducir ajustes para mejorar o perfeccionar el plan de ruta. La evaluación reforzará una parte del plan e identificará lo que haya que mejorar.
  8. Valores personales para gestionar cambios. Desde mi opinión, hay tres valores o actitudes que ayudan en la gestión ante los cambios.
    • Ser proactivo. No se debe vivir a merced de los cambios, zarandeado por ellos. No es un contrasentido con lo expuesto hasta aquí. No se puede esperar a que se produzcan los cambios para reaccionar entonces. Más que reactivo conviene ser proactivo. Hay que tomar la iniciativa ante los cambios, intuirlos, anticiparlos, estar preparado y reaccionar en consecuencia. En vez de negar el posible cambio, hay que verlo venir y salir a su encuentro para afrontarlo y gestionarlo.
    • Ser rápido. Hay que responder con rapidez, que no con impulsividad. Moverse y dar respuesta con rapidez incrementa el valor como gestor de cambios.
    • Ser práctico-eficaz. Hay que emplear la energía o esfuerzo necesarios para leer el cambio, entender las nuevas demandas, prepararse y adaptarse. Hay que realizar un esfuerzo económico, el justo y necesario para ser del todo eficaz. Una energía o preocupación excesiva genera desgaste, debilita y resta eficacia.
  9. Tomar la iniciativa de generar cambios. Quiero dar un paso e ir más allá. Los cambios se precipitan, hay que gestionarlos y adaptarse a las nuevas demandas o exigencias. Pero en la medida en que uno va diseñando su visión de vida debe ser generador de cambios que ayuden a dar realidad a dicha visión. Ser un buen gestor de cambios acaba convirtiendo a uno en gestor de sus propios cambios, de forma que uno sea el protagonista de su propia vida (autoliderazgo). Tomar la iniciativa, promover cambios, precipitar lo que se quiere que suceda, ser proactivo, favorece el desarrollo personal, la autonomía y el bienestar emocional.

Aprender a “emprender”

La ansiada búsqueda de seguridad o comodidad hace que se oxide una de las competencias más valiosas que tenemos las personas: la creatividad. Imaginar, soñar, crear, innovar, emprender, tener ocurrencias que sean viables genera demasiado vértigo en nuestra sociedad del bienestar, más pendiente de no perder que de arriesgar para avanzar.

Podemos hablar de la “competencia de emprender”. No confundamos ser emprendedor con ser empresario. Hay que enseñar a emprender, la competencia de emprender se refiere a actuar de manera autónoma y se define como la capacidad de las personas para controlar su vida de forma responsable y con sentido, ejerciendo un grado de control sobre sus condiciones de vida y de trabajo. Es necesario que el individuo desarrolle su identidad personal estableciendo un sistema de valores propio y reflexionando sobre ellos y la coherencia con sus acciones. Esta competencia, emprender, comprende tres tipos de habilidades: 1) habilidad para actuar dentro del gran esquema; 2) habilidad de formar y conducir planes de vida y proyectos personales; y 3) habilidad de afirmar derechos, intereses, límites y necesidades.

Emprender es la habilidad para transformar las ideas en actos. Está relacionado con la creatividad, la innovación y la asunción de riesgos, así como con la habilidad para planificar y gestionar proyectos con el fin de alcanzar objetivos. En esta competencia se apoyan todas las personas en la vida cotidiana, en casa, en el trabajo y en la sociedad. También los asalariados al ser conscientes del contexto en el que se desarrolla su trabajo y ser capaces de aprovechar las oportunidades que ofrece. Pero emprender también es el cimiento de otras capacidades y conocimientos más específicos que precisan los empresarios al establecer una actividad social o comercial.

Material de apoyo

Atrévete a soñar

 

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José Carrascosa

José Carrascosa

Pionero de la psicología del deporte en España, ha trabajado durante más de 25 años con deportistas, entrenadores y equipos profesionales de primer nivel, ha colaborado en logros deportivos de sus clientes (ascensos, títulos nacionales y europeos, marcas europeas y mundiales, medallas olímpicas). Ha ayudado a que haya cambiado la percepción sobre las emociones y el alto rendimiento, desde “echarle güevos” a “competir”, desde el desconocimiento a la toma de conciencia del papel de las emociones sobre el rendimiento y el bienestar. Se considera un “artesano” de la educación y desarrollo emocional