El entrenador de las mentes

Orfeo Suárez
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Gerard Houllier entra en el vestuario del primer equipo, en Melwood. Está en silencio. Los futbolistas se miran entre sí, callados. Es la vigilia de una eliminatoria contra el Barcelona, en las semifinales de la Copa de la UEFA, en 2001. El entrenador francés sabe lo que han comentado sus jugadores, porque tiene informadores, topos, entre los ayudantes de material y los fisios. Han hablado continuamente de lo poderoso que es el rival, de los grandes futbolistas que tiene en sus filas. Lo mismo sucede en el entorno del equipo y entre los hinchas del Liverpool. La resignación es hermana de la derrota. Houllier, un francés de mundo, con un impecable inglés, llama a uno de sus capitanes, Jamie Redknapp. Saca un bolígrafo de su estuche, un Bic, y le pide que lo rompa. «¡¿Cómo?!«, le pregunta sorprendido el futbolista. «¡Rómpelo!«, insiste el entrenador. La situación ha puesto en alerta al vestuario. Incrédulo, el futbolista rompe el Bic. De inmediato, le entrega dos y vuelve a decirle que los rompa. Redknapp lo hace, mientras sonríe. Entonces, el técnico toma media docena y le da la misma indicación. No puede. El resto lo mira, atento, hasta que el capitán desiste. Houllier pregunta en alto: «¿Por qué no puedes?«. Silencio. Insiste el entrenador. Redknapp responde: «Porque son muchos y están juntos«. Houllier permanece unos minutos en silencio y exclama: «¡Pues ésa es nuestra oportunidad ante el Barcelona, juntos podemos ser más fuertes que ellos!«. El Liverpool empató 0-0 en el Camp Nou y se impuso por 1-0 en Anfield Road para alcanzar la final del torneo, en la que ganó el título frente a otro equipo español, el Alavés.

La teoría del fascio, proveniente de la cultura clásica aunque de ella tome su nombre, lamentablemente, el fascismo, sirvió a Houllier para un simple pero eficaz ejercicio de motivación. El mensaje de la unión hace la fuerza, en el que se basa el sentido de equipo, era más importante en ese momento para la preparación del partido que cualquier charla o ejercicio táctico. Entrenar es un concepto global que no se limita únicamente al aspecto físico, técnico o táctico, sino también al mental. Este último aumenta en la medida que lo hace el nivel de los jugadores y equipos, puesto que en la élite profesional los futbolistas de hoy están muy educados ya en cuestiones tácticas y tienen planificaciones de preparación física individualizadas, incluso con sus propios preparadores, al margen de las estructuras de los equipos. Las cualidades técnicas, en cambio, tienen que ver mucho con los primeros años de formación y son más difíciles de pulir ya en la madurez del futbolista. Por lo tanto, donde existe el mayor margen para marcar diferencias es en el aspecto motivador, hecho que convierte a los técnicos en entrenadores de mentes.

Frente a otros deportes, el fútbol ha sido tradicionalmente refractario a la integración de disciplinas que pudieran mejorar su preparación. La psicología no ha sido ajena a estos prejuicios y, pese a su notable contribución al deporte profesional, todavía son minoría los clubes de la Liga española, por ejemplo, que cuentan con psicólogos en el staff de los primeros equipos. En cambio, eso no significa que la psicología no se practique. Todo lo contrario. Los entrenadores de mentes han existido siempre, con una metodología basada en la intuición y en la suma de experiencias. Es decir, en el trabajo de campo. Son lo que las abuelas eran a la cocina frente a los actuales chefs, los psicólogos. Poseen estilos y personalidades distintas. Son castigadores, como Javier Clemente o José Mourinho; seductores como Zinedine Zidane; didácticos como Josep Guardiola, Johan Cruyff, Radomir Antic o Míchel; mesiánicos como Diego Pablo Simeone; serenos como Miguel Muñoz, Vicente del Bosque o Carlos Ancelotti; e hilarantes como el difunto Luis Aragonés. Todos los modelos sirven para convencer a los jugadores, pero no todos sirven para todas las circunstancias. Por ello la elección de un entrenador es clave, porque se trata de una pieza que debe encajar con el juego a desarrollar, los objetivos a alcanzar, la idiosincrasia del club y el pulso del entorno, su afición y su prensa. El entrenador veterano suele mirar con desdén a los periodistas, porque después de años de trabajo en diferentes lugares, considera que ya tiene anticuerpos frente a la repercusión de los medios. Puede estar en lo cierto en cuanto a sí mismo, pero no en lo que respecta a sus futbolistas y sus entornos. El jugador actual es rico prematuramente, pero es muy débil, sometido a una presión constante mucho más fuerte que el resultado de un partido. Es la titularidad, sinónimo de la supervivencia. La titularidad, pues, está en manos del entrenador. Es su arma.

Es oportuno, sin embargo, detenernos en la figura del entrenador, el eslabón que más presión soporta de todos los resortes del fútbol profesional. Por una parte, está la presión de los resultados, de la que depende su permanencia, transferida por la competitividad de los rivales. Soporta, además, la presión de sus propios jugadores, que lo escrutan permanentemente. «Saben hasta la colonia que te pones. Si te ven débil, estás muerto«, sostiene José Antonio Camacho. Es, asimismo, juzgado por su presidente y es el primer señalado tanto por la prensa como por los aficionados. Como la mayoría de las personas, duda constantemente pero no puede decirlo, ni mostrarlo. Ello genera personajes muy resistentes, puesto que de otra manera no puede desempeñarse semejante trabajo, pero también muy complejos psicológicamente. La complementariedad del segundo entrenador es clave, puesto que no se trata, a menudo, únicamente de un asistente técnico, sino de un confidente. Pero, en mi opinión, deberían contar con terapeutas a su lado, debido a la presión que soportan. Si no pueden drenarla, estallan. La situación es habitual en el caso de seleccionadores en grandes torneos, puesto que a las presiones anteriores se añade la de estar bajo el foco de todo un país, hecho que incrementa el sentimiento tribal y, por tanto, la intensidad de las manifestaciones, sean críticas o elogios. La descomposición de Jorge Sampaoli, al frente de Argentina en el Mundial de Rusia 2018, es un buen ejemplo. Su caminar en la zona técnica, compulsivo, era como el de un reo en una celda: no hay salida. Lo mismo que hay que cuidar al cuidador, en casos de dependencia, en el fútbol hay que entrenar al entrenador.

«El jugador es un activo, pero el entrenador es solo un empleado«. La frase la escuché de un director general del Barcelona y en ella queda claro, con parámetros económicos, cuál es la debilidad del entrenador y la razón por la que es el primero que paga las crisis de los equipos. El jugador es patrimonio y nadie puede perder patrimonio. Al técnico se le echa; al jugador se le vende. Son muchos los futbolistas que han hecho la transición y que han aprendido, como dice Quique Sánchez Flores, «a pensar por los demás en lugar de hacerlo únicamente por uno mismo«.

«Hay entrenadores mucho mejores que yo en categorías inferiores, pero no entrenan en la élite porque no podrían soportar esta vida, la de ser juzgado constantemente«, explica Joaquín Caparrós, cuya visión en la banda es la de un hombre al borde del estallido. «Pues es cuando más tranquilo estoy«, dice. Cuando alguien le pregunta por el tipo de futbolista que le gusta, contesta: «Optimista«. Vicente del Bosque lo dice de otra forma: «Lo peor que hay en un vestuario es un cenizo«. Para el salmantino, no ha habido otro jugador emocionalmente como el brasileño Ronaldo, por su capacidad para relativizar las situaciones y reírse de sí mismo. «Bajaba la presión del vestuario y jugaba un partido importante como si fuera un día cualquiera«, recuerda.

El día de la final del Mundial de Sudáfrica no fue un día cualquiera, claro que no, pero Del Bosque dice que intentó tratarlo como tal, para que las emociones no le llevaran a analizar mal lo que sucedía en el campo. «Un entrenador excitado no decide bien«, suele decir. A no ser que en esa excitación haya algo de interpretación, como sucede con Simeone, que no es únicamente un entrenador de jugadores, sino un entrenador de la masa. Convierte el estadio, antes el Calderón y ahora el Wanda, en un cóctel emocional. Del Bosque, incluso, intentó apartar a los internacionales del fervor patriótico, excesivo para jugar, en su opinión, y les dijo en la charla que salieran a defender sus sueños de niños, no a un país entero. Era algo similar a lo que Cruyff, antes de la final de Wembley, dijo a los jugadores del Barça: «Salid y divertíos«.

El fútbol tiene una parte de creación, porque no podemos olvidar que es un juego, y las situaciones de máxima presión pueden coartarlas. Hay jugadores, sin embargo, que se crecen en esas situaciones. Durante el tiempo que Del Bosque pasó como director de la cantera del Real Madrid, elaboró un manual para los entrenadores en el que daba instrucciones y consejos. Uno de ellos era el de no gritar a los niños cuando tuvieran el balón, porque eso coartaba su creatividad y, a esa edad, era lo fundamental para conocer su talento y posibilidades. Otra de ellas era hablar lo justo con los padres. El manual era, en realidad, un tratado de inteligencia emocional hecho a base de experiencias de forma autodidacta. El día después de los encuentros, cuando el entrenamiento se divide en dos grupos, los que han jugado y los que no el día anterior, Del Bosque siempre dirigía la sesión de los suplentes. No decía nada, en silencio. Era su forma de demostrar, con un gesto, que era el entrenador de todos.

De vuelta a la final del Mundial, dice Del Bosque que no se trata del momento en el que ha sentido más presión en su carrera. En su recuerdo está su debut con los juveniles del Madrid, en Carabanchel, a los 17 años, al poco de llegar a Madrid desde su Salamanca natal. Ese día, asegura, sintió un miedo atroz, que no volvería a sentir en un campo de fútbol. Lo mismo cuenta Valdano, al hablar de sus orígenes en Argentina, y un recuerdo similar tiene Míchel de su viaje iniciático a Guadalajara para jugar un encuentro de categorías inferiores con el equipo blanco. El miedo nunca se marcha, pero con el miedo se aprende a convivir. Son muchos los futbolistas que no lo consiguen, a los que domina la competición. Unai Emery fue uno de ellos y por eso ahora, como entrenador, su obsesión es que sus jugadores lo venzan. «Los entrenadores somos generadores de confianza«, explica, aunque el entrenador actual es la cabeza de un equipo multidisciplinar, donde la psicología debe tener su propio espacio. La mente ha de ser tratada como un músculo, pero no un músculo cualquiera. Emery, sin embargo, no consiguió su objetivo con uno de sus jugadores que tenía pánico al lanzamiento del penalti, pero eso da para otro artículo: el miedo al penalti.

Orfeo Suárez

Orfeo Suárez

Orfeo Suárez es licenciado en periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Inició su carrera profesional en La Vanguardia, a los 22 años, en 1985. En 1995, se incorporó a El Mundo, en su edición de Cataluña, como jefe de sección de Deportes. Seis años después, se trasladó a la sede del periódico en Madrid, donde en la actualidad es redactor jefe. Ha cubierto como enviado especial acontecimientos deportivos en los cinco continentes: los Mundiales de fútbol de Estados Unidos (1994), Francia (1998), Corea y Japón (2002), Alemania (2006) y Sudáfrica (2010), donde España logró el título, además de los Juegos Olímpicos de Barcelona (1992), Atlanta (1996), Sydney (2000) y Pekín (2008). Fue testigo, asimismo, de la Eurocopa conquistada por España en Viena, en 2008.